Hace muchos años viaje a Italia por un premio que gane, estuve en una de las ferias más importantes del mundo, todo era como un sueño, el arte, la arquitectura, el idioma, todo a su alrededor era mágico, hasta el frío que acariciaba a los huesos era encantador.
La feria era un mar de gente, el primer día escuche una melodía que me atrajo como un imán, al llegar vi a hombres con túnicas rojas, rodeados de cuencos y budas; unos cantaban sus oraciones mientras que otros dibujaban en arena una gran mándala, así fue mi primer encuentro con los monjes Tibetanos y sin hablar su idioma nuestro lenguaje se convirtió en miradas y sonrisas, creo que fue amor a primera vista.
Por los nueve días que estuve en esta feria, este se convirtió en mi templo, mi lugar favorito, aquí se generaron lazos de amistad e intercambiaron objetos, que en mi caso adquirieron un gran valor sentimental y espiritual.
El cierre fue con broche de oro, fui invitada por uno de los monjes a la ceremonia de “Disolución de la Mándala”, era la primera vez que participaba en algo así.
Creo que ese día no paré de llorar de felicidad, recuerdo cuando uno de ellos tomo mi mano, me baño en arroz y frente al buda hizo una oración, al terminar recibí la Khata de seda como un símbolo de fraternidad y compasión, me sentí honrada y como en un sueño, viaje al Tíbet.

El mundo cabe en nuestra mano, solo está ahí para conocerlo y agradecerle. Bonita historia.
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